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La "odisea terrestre"
de Arthur Charles Clarke terminó en 2008
 
Por: Bernardo González Solano
 
 
Hace 28 años, cuando en gran parte del mundo era difícil hacer una llamada de larga distancia,
Clarke se atrevió a enumerar algunos servicios que estarían a disposición del hogar común
y corriente en el año 2001: “Llamadas de teléfono entre personas en movimiento, en cualquier parte
del mundo. Es decir, los celulares que en otros países llaman móviles. ¡El gran negocio del mundo!
Lo que no predijo Clarke fue que más del 95% de las llamadas de celulares serían idioteces, fueran
de personas mayores o jóvenes. La idiotez se transmite por celular.
 
 
El futuro fue ayer. Tras su periplo terrestre que comenzó en 1917 en Minehead, Somerset, Inglaterra, y terminó el miércoles 19 de marzo pasado, en un hospital de Colombo, Sri Lanka (antigua Ceilán), su cuerpo fue enterrado en el cementerio general de la capital ceilanesa en una ceremonia sencilla, sin discursos y sin servicios religiosos, según dispuso el propio escritor que no profesaba religión alguna.

En la tumba, donde reposaba ya un amigo con el que vivió sus últimos años, únicamente se puso una lápida que a la letra dice: “Aquí yace Arthur Clarke. El nunca maduró, pero nunca dejó de crecer”.

Antes de su funeral, el cadáver yació en una cama con sábanas blancas en cuya cabecera, como adorno, se colocaron dos colmillos de elefante. Sus hermanos, Fred y Mary, varios cientos de monjes y amigos depositaron rosas amarillas sobre su cuerpo en un gesto final de respeto, así como aficionados a la Ciencia Ficción unieron
sus manos en una plegaria por el escritor que prefirió los hechos de la ciencia a los preceptos de la religión organizada.

La odisea de la Tierra
terminó en el 2008 para Arthur C. (harles) Clarke. Su otra odisea recién empezó.

Para muchos lectores y cinéfilos seguidores de la Ciencia Ficción la historia comenzó el 6 de abril de 1968 cuando el escritor Arthur C. Clarke y el cineasta –uno de los iconos de la cinematografía mundial- Stanley Kubrick (1928-1999) estrenaron oficialmente la versión definitiva de 2001: Una odisea del espacio, nombre que escogió, sin explicar por qué, el propio Kubrick, y cuyo rodaje había iniciado cuatro años antes.

El guión, escrito por ambos personajes, se basó en un cuento de Clarke, El centinela, que había escrito en 1951. A raíz del éxito de la película, el autor inglés redactó la novela con el mismo nombre. Caso raro: al revés de lo que suele acontecer, la película fue mejor que el libro. Puede ser. El caso es que primero fue un cuento, luego una película y al final un libro.
 
Como algo curioso, en los días en los que murió Clarke, en el Espacio, el ser humano daba unos pasos más en un proyecto de los que solía hablar en sus libros el famoso novelista inglés. Así, ladrillo tras ladrillo, por usar el símil con la Tierra, continúa el ensamblado de la casa del cielo a una distancia de 400 kilómetros de distancia sobre nuestras cabezas.

La nave estadounidense Endeavour (Esfuerzo), estibada a la Estación Espacial Internacional (EEI) desde el 13 de marzo último, llevó dos nuevas piezas esenciales: el primer elemento del laboratorio japonés Kibo (que significa “esperanza”) y el robot canadiense Dextre.

Kibo
es la principal contribución japonesa al mecano del espacio. Este laboratorio, con un costo de 250 millones de yenes (2 millones 131 mil 832 millones de euros), será el mayor equipo de investigación de la estación, que cuenta igualmente dos módulos experimentales estadounidenses: Destiny-Destino; europeo Columbus- Colombo y
rusos. Todo un concierto internacional, anticipado por Clarke. El robot Dextre, cuyos brazos pueden desplazar cargas hasta de 600 kilogramos con una precisión de 2 a 6 milímetros, evitará a los astronautas de la EEI peligrosas salidas de la estación.

Después de 12 días de permanencia, el trasbordador Endeavour se desacopló de la estación y regresó a la Tierra el mediodía del 26 de marzo. Tan fácil como un viaje terrestre del Distrito Federal a la ciudad de Puebla. Como otros viajes que cuenta en sus libros –alrededor de 100 títulos y más de 60 millones de ejemplares-, Arthur C. Clarke. Esa odisea del espacio, casi fue un homenaje a la muerte de Clarke.

Lo que viven los astronautas en estos viajes es maravilloso. Los que instalaron el laboratorio europeo Columbus, después dieron pasos flotantes en un paseo espacial que duraría seis horas y 45 minutos, un tiempo que a 400 kilómetros de altura se traduce en cuatro vueltas completas al planeta. Cuatro amaneceres y cuatro puestas de sol. Pero un cielo siempre negro, porque a esa altura no hay atmósfera que disperse la luz y convierta en azul, a ojos humanos, la bóveda celeste. Aunque parezca que el espacio no está hecho para los humanos, el hecho es que todo esto parece de sueño.

Y eso, Clarke, como muchos otros escritores de Ciencia Ficción lo vieron antes que muchos otros. En tanto, la incógnita continúa siendo la perenne: ¿hay vida más allá del sol y de nuestra galaxia? Clarke y muchos otros opinan que sí.
 
Sir Arthur (el príncipe Charles, hijo de la Reina Elizabeth II de Inglaterra, lo hizo caballero en 1998, después de algunas dudas sobre su condición de homosexual que el autor en alguna ocasión disipó diciendo: “no soy gay, solo un poco alegre”, en alguna ocasión fue elogiado por el no menos famoso divulgador de la ciencia, autor de más de 500 libros, Isaac Asimov (el escritor nacido en Petrovichi, Rusia, en 1920 y muerto en EU en 1992 víctima del VIH-Sida) en estos términos: -“Nadie en la tierra ha hecho más predicciones inteligentes que Arthur Clarke”. Simple y llenamente. Clarke se dio a conocer en los círculos científicos cuando predijo, en el ensayo titulado Extraterrestrial
Rays aparecido en la revista Wireless World, que era posible utilizar satélites en órbita geoestacionaria para canalizar las transmisiones de radio alrededor de la Tierra. Esto era en 1945, casi 20 años antes de que se lanzara el primer satélite Telstar.

En homenaje a Sir Arthur, la órbita alrededor de los satélites de la Tierra se llama El Cinturón de Clarke.
Desde la década de los 40, el escritor británico predijo (el prefería el término “extrapolado”) muchos descubrimientos que las últimas generaciones disfrutan en demasía.

Hace 28 años, por ejemplo, cuando en gran parte del mundo todavía era difícil hacer una llamada telefónica de larga distancia, Clarke escribió un artículo en el que se atrevió a enumerar algunos servicios que estarían a disposición del hogar común y corriente en el año 2001: -“Llamadas de teléfono entre personas en movimiento en cualquier parte del mundo. Es decir, los celulares que en otros países llaman móviles. ¡El gran negocio del mundo! Lo que no predijo Clarke fue que más del 95% de las llamadas de celulares serían idioteces, fueran de personas mayores o jóvenes. La idiotez se transmite por celular.

- Transmisión de facsímiles, nítidos de material impreso, en pocos segundos, de un lado al otro del planeta.

- Acceso a bibliotecas y centros de información mediante sencillos teclados y pantallas de televisión, con la posibilidad de imprimir o archivar los documentos para futuras referencias.

- La Internet.

Sus predicciones en aquella época fueron recibidas con incredulidad y burla. Así es la mayoría de los seres humanos.

Adscrito a la Ciencia Ficción dura –La tecnología, empeñada en la verosimilitud- y autor de muchos best sellers (la saga de Rama, Odisea Espacial y Venus Prime), nunca se vio a sí mismo como literato, aunque, sí pedía que se le recordara como escritor. Pero, no obstante su prosa plana, el sentido del misterio y la maravilla de sus obras son dignos de los mejores autores del género fantástico.

Su interés por la filosofía y las religiones y su colisión con la ciencia fue constante. Así formuló la llamada Ley de Clarke: -“Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

Racionalista agnóstico. Aunque fascinado por lo paranormal, apostaba por la ciencia con sentimiento de la trascendencia. Creía en la permanencia de la especie humana y su evolución hacia una forma superior de pura energía que nos catapultaría a explorar el universo al que creía: “estamos destinados”.

En una de las escenas mas conocidas del filme 2001: Odisea del espacio, el homínido que hasta poco antes había sido pacífico, lanzó una quijada de animal convertida en arma con la que mató a un semejante de certero golpe en el cogote, y tras una breve elipsis de cuatro millones de años, aquel hueso se convirtió en una nave espacial.

Habíamos entrado en otra Era. Mientras, veneraban un monolito que era la representación de la vida extraterrestre. Así se la explica el Dr. Floyd en la novela 2001: Odisea del espacio cuando llega a la estación espacial: -“Tiene una antigüedad de aproximadamente tres millones de años. Lo que está usted ahora contemplando es la primera evidencia de la vida inteligente fuera de la tierra”.
 
 
 
 
www.revistapersonae.com
Número 102, Mayo 2008