Frente al ventanal

Confieso que he llorado
 
Por: Irma Fuentes
 
La reciente peritonitis de mi sobrino Gabriel trajo a mi mente, frente al ventanal, algo de lo que siempre he estado segura: vivir me ha sido sumamente divertido pero… a veces –no pocas-, me ha resultado doloroso.

Sin embargo, lloro poco hacia fuera y nunca en compañía. Aprendí con mi madre: -“¡Ya te daré yo para que llores con motivo!” Y con mi padre: -“La diversión se hace en grupo, pero se llora a solas”. -Que llorar es bueno para el alma, pero poco conveniente para la compostura… y para la seguridad personal.

- “A menos que aprendas a llorar en silencio y con pocas lágrimas”, –decía mi tía Nosha. -“La cara se descompondrá y la poca o mucha belleza que Dios te haya dado, desaparecerá. Una no debe permitir que se piense que es vulnerable”.

Mi familia era así. En lo de llorar, y en muchas otras cosas, les daba por lo
estoico. “Mantener la compostura y mostrar firmeza de carácter”, era mucho más importante que andar por ahí gimoteando y, peor aún, como plañidera de tres al cuarto, para despertar lástima.

- “La gente es generosa con sus lágrimas”, –dijo alguna vez mi tía Noshita-, “pero sumamente crítica con las ajenas. Si bien te va, se burlarán de ellas. Sería preferible, porque es peor que te compadezcan. Es algo que ni tú ni yo, ni ninguno de nosotros necesita. Es preferible ser respetada, y hasta incomprendida, antes que compadecida…”

Pronto me di cuenta de que eso era verdad. Observaba mi propia reacción frente a la gente que lloraba, y confieso que la sensación era de incomodidad, de embarazo, de no saber qué decir ante el sufrimiento ajeno. Otras veces –quizá estaba menos generosa-, sospechaba de sus lágrimas por algún gesto que escapaba al control de la llorante y percibía que tenían mucho de fingimiento. No que ninguna fuera sincera cuando lloraba. Alguna había. Pero aún así, casi siempre, tenía la sensación de que pretendían lograr algo.

En fin, que poquísimas veces he sido generosa con mis lágrimas y pocas con las de otras mujeres. Los varones, rara vez lloran ¡y eso sí que lo soporto menos bien! Lo cual no quiere decir que nunca haya llorado. De seguro, cuando fui pequeñísima, hice berrinches pero, con toda seguridad, mi madre debe haber estado cerca para darme un par de motivos para llorar.

Más tarde, me ocurrió en el primer pleito a moquetes con alguien. Llegué llorando para hacerme salir de inmediato, sin lágrimas, a enfrentar el problema. No había vuelta de hoja. Si mi vecinito Samuel me daba en la frente una pedrada o si alguien me empujaba y llegaba con la herida de batalla, antes de curarme, mi propio papá me enviaba de vuelta a dar una lección al agresivo.

- ¡Jamás te quedes con algo que no es tuyo…! –dijo con una pícara mirada en sus hermosos ojos color violeta. La primera vez no comprendí a qué se refería: -“¿Eran tuyos la piedra o el golpe?” -Negué con un puchero.

“¿Te los regalaron como souvenir?” -Vuelta a negar. –“¡Entonces, devuélvelos! ¡No les guardes rencor, pero cuida que no abusen de ti!”

Y ahí iba yo, la primera vez, muerta de susto –y las otras también-, a devolver algo que no tenía por qué recibir. Eso tuvo un doble efecto: aprendí a no llorar por miedo y ellos a no meterse conmigo. Sin embargo, mis amigas estaban un poco menos dispuestas a entender esas razones paternas

Alicia (era la mayor de las tres por dos años), Hilda, Virginia y yo formábamos un grupo mosquetero cuya única semejanza con el de Dumas tenía que ver con que éramos cuatro y no tres. Del grupo, a la única que le gustaban los deportes violentos –como el trompo, el balero, los quemados y hasta el tochito y las canicas, era a mí. Ellas preferían las rondas infantiles, jugar a la casita, a la comidita y charlar…

A mí también me gustaban esas actividades, pero con límites. Por ejemplo, a partir de los siete u ocho años me negué rotundamente a seguir vistiendo muñequitas y, más tarde, a besar al poste que ocupaba en su imaginación el lugar del novio o del esposo en la casita.

Poco a poco, incluso sus conversaciones, salpicadas de chismes sobre lo que acontecía en las casas vecinas, fueron resultándome tan aburridas que opté por llevar siempre conmigo uno de mis libros de hadas. Con descaro inaudito, me perdía en sus páginas, haciendo caso omiso de sus voces.

Con el tiempo, pasé a Dumas, a Víctor Hugo, a de Terreil, de Mark Twain; a Dickens y, hacia los 15, caí a Corín Tellado, para elevar  después un poco el espíritu con los poetas latinoamericanos y españoles y seguir con Maxwell Grant, la Christie y a mi querido Conan Doyle.

Así me gané un apodo que si al principio me molestó, terminé por aceptar: La Romántica. No era nada creativo, lo habían sacado de una película de Mapy Cortés, en donde una flacucha como yo, llegaba libro en ristre a cualquier encuentro de las divertidas internas del colegio, que retrataba el filme.

Seguí compartiendo las rondas y con mis hermanos y amigos, todo aquello que me hacía desentumecerme… Eso las molestaba. Un día, cuando jugaba canicas con Manolo y Chucho, pasó Alicia, como sin querer pateó el hermoso círculo de ágatas que habíamos formado en el arriate de mi casa.

Me levanté furibunda pretendiendo darle una… pero ella se me fue encima con las uñas por delante. Desconcertada, iba a llorar, cuando recordé las lecciones de mi padre sobre boxeo para mostrar a mi hermano y a mí, que había métodos civilizados de zanjar diferencias.

Muy pomposa ¡me puse en guardia!, con la intención de asestarle un terrible gancho… que no llegó a su destino porque ella volvió a arañarme, esta vez, los brazos y el ojo derecho, dejándome más que turulata y con más lágrimas de las que habría querido no verter.

Salí corriendo a mi casa. A los gritos de los niños, mi papá había llegado a la puerta y para su sorpresa yo llegaba sangrante –bueno, una o dos gotas- y a punto de convertirme en plañidera… Para cuando alcancé los escaloncitos de la entrada, ya mi mamá estaba parada junto a él.

- “¿Qué te he dicho…?” –comenzó a decirme mi papá. -“¿Y qué te he dicho yo…?” –le dijo mi mamá. -“¿Qué no estás viendo la arañiza que le puso esa mocosa…?”: -“¡Pe-pero yyyo la he enseñado a defenderse…!” –argumentó él. -“¿Contra una vieja que pelea con las garras?” –insistió ella. -Mi papá se volvió a mirarla desolado. Luego me miró...

- “Entra” -dijo mi mamá haciéndose a un lado. “Lo primero que debiste evitar, fue el pleito. ¿A dónde se te fue la elegancia de sentimientos que tu padre dice que tienes…? También hay que tenerla en las formas…” -me miraba casi divertida por lo que iba a añadir: -“Pero ya que no tuviste la bondad de hacerlo. Cuando menos le hubieras dado una bofetada, no andarte con esas joterías del puñetazo que, como verás, de nada sirve con las mujeres...”

Me curaron. Por primera vez vi a mi papá desconcertado. No sabía qué recomendarme. Cuando terminaron de enjugarme las solitarias gotas de sangre, me lavaron la cara y, cuando me disponía a volver al juego, que los insensibles chiquillos habían reanudado sin esperarme,  él clavó sus ojos en los míos. No necesitó decirme nada. Salí  a buscar a Alicia…

Si entonces hubiera sabido algo de psicología, habría marcado las señales contrarias que me enviaban ambos: sé elegante, evita los pleitos… pero no te dejes… lo que era un tanto desconcertante para cualquier niña de mi edad.

Sin embargo, era sólo una versión de la frase que nos repetían a diario: -“No abuses de nadie… pero no permitas que nadie abuse de ti”. Por eso salí a buscar a mi belicosa amiga…

Desde luego, tenía que buscarla en el santoral, porque ya no estaba a mi alcance. Por más que la llamé, no apareció. Más tarde me enteré por Hilda, su prima, quien vivía en su casa, que Carlotita, la mamá de Alicia había puesto a ésta como trepadero de mapache por haber sido capaz de golpear a una niña tan fina y tan educada como ésa… ¡Ora yo!

Fue una lección para ambas. Nunca volvimos a pelear por nada, ni siquiera a discutir.

- Su cuerpo se redondeaba rápidamente y los muchachos comenzaban a asediarla. Yo seguía flaca y con las rodillas huesudas… y  el único que seguía junto a mí, era mi libro… y la voz de mi padre sosteniendo férreamente, que llorar se hace a solas y, si es posible, en silencio para que nadie se entere.

- “Llorar a solas” –insistía, “aligera tu alma. No hay necesidad de que nadie lo sepa… Llorar siempre será sospechoso sobre todo para los varones. Parecerá que quieres mover las cosas a tu favor o conmover con algún propósito. Y eso, no es elegante… Aunque te vaya en ello la vida”.

A solas he llorado muchas más veces de las que confesaría. Lloré cuando mi tía Nosha y mi abuelita se fueron a vivir a otra privada cuando mi mamá –refiriéndose a la muerte de mi hermanita- dijo que siempre se mueren los buenos y los otros se quedan, cuando mi hermanito Pedro yacía como una planta en su cunita…

Tenía yo entonces ocho años y mi papá que espiaba mis reacciones, me llamó: -“Se justifican tus lágrimas porque es terrible lo que sucede a tu hermanito… Pero, ¿por qué no las acompañas haciéndole ejercicios a sus piernitas para que algún día pueda moverlas…? ¿O sus bracitos? Recuerda, las lágrimas no bastan…”

Así aprendí a sustituir lágrimas por acciones. Pedro tenía muchas ganas de vivir. Contra las previsiones de los médicos, se sentó, se puso de pie y anduvo y corrió y se escapó y me llenó de angustia en cada escape… pero puso en nuestra vida una emoción y un sentimiento tan grande de agradecimiento por su presencia, que cuando se enfermaba prefería emplear mi tiempo en abrazarlo, en jugar con él, o embromarlo… que derramar lágrimas inútiles.

Si lloraba, lo hacia por dentro. Así lloré dolores propios y ajenos, como al ver convulsionarse al hermano de Alicia… El dulce y cada vez más solitario muchacho corría desesperado antes de sufrir  las descargas de la epilepsia. Todos se apartaban, entraban a sus casas, pero yo miraba hipnotizada cómo alguien ponía en su boca un pañuelo para que no mordiera su lengua y años después, me sirvió durante mi servicio como Psicóloga en el Hospital Lavista para cumplir la orden de mi instructor Adip Sabag, de controlar la crisis de un paciente.

¡Cuántas veces lloré a solas la suerte de los enfermos que me tocó atender! Pero con ellos, charlaba y hacía bromas. Percibía su dolor y su soledad pero no iba a cargarles el mío… como cuando la suerte llevó a ese lugar a dos amigos queridos por quienes, como principiante, poco pude hacer.

Años antes había llorado igual por la tragedia de otros amigos, hermanos ellos - admirados por mí por su talento y su generosidad- pero que, en fraterno roce, un arma salió de la funda para asustar, pero se disparó y mató a la madre, mujer adorada por esos nunca suficientemente arrepentidos y queridos personajes.

He llorado –no con ellos sino por mi cuenta- la muerte de los padres y madres de otros amigos; uno de ellos, el de Virginia, asesinado vilmente en un conflicto sindical. También el suicidio de un compañero entrañable, del que me enteré en el vuelo de regreso de Alemania por una extraña… Lloré el no saber de Edmundo, aparentemente secuestrado por algún órgano policiaco hace años y por otro caído en un sospechoso accidente de aviación.

Con el tiempo, ese llanto que deja pocos rastros visibles pero huellas indelebles en el corazón, hace que a veces, éste se encabrita por la carga acumulada y se rebele, saltándome en el pecho para exigir que deje salir, como todo el mundo, esas lágrimas que son para él una carga.

Pero no puedo. Ni siquiera ante el dolor profundo de perder a mis seres queridos, que van uno a uno, desgranando implacablemente el racimo dorado de la familia. No lo hice cuando me enteré de que el cáncer la devastaba… Cuando acabó con mi padre, me rebelé y me enojé con él…pero no lloré; tampoco cuando apareció en mi tía Nosha, su hermana y segunda madre mía que tanto me acompañó y protegió… Ni cuando mató a mi tía Marietta más por piedad ante su sufrimiento, que por asesinarla… Ni cuando amenazó al ser para mí más amado. Ni aún entonces, porque supe que tenía que ser fuerte aunque mi pequeña, lo era más que yo.

A veces, me rebelo. Me pregunto por qué las lágrimas, ésas que puedo describir fácilmente en una novela, no se me dan fácil en la realidad. Sin ellas he velado a cada uno de mis muertos… a mi madre de quien –como de mi padre y  mi abuelita-, pude despedirme con un beso; a mi hermano Pedro a quien pude darle inútil respiración boca a boca, sin que su corazón respondiera; a Manolo, quien murió tan intempestivamente como él, quien se fue sin que pudiera decirle, siquiera, que pronto nos veríamos.

No logro recuperarme de estas dos últimas pérdidas, lo confieso. Sigo sintiendo que fallé a la encomienda de mi padre de cuidarlos porque, en algún momento, parpadee y no vi el peligro que se cernía sobre ellos…

…Es curioso, estoy llorando… Quizás porque la muerte de los viejos no sólo la comprendo sino que a veces la percibo necesaria, pero la de los jóvenes me agravia, me enoja, me desconcierta… Y quizás también me asusta porque van dejándome detrás… Quedan pocos con quiénes hacer recuerdos…

Por eso, vuelvo a llorar a solas. Aunque, si he de ser sincera, no siempre ha sido sinónimo de que llore en silencio. A veces he llorado a grito tendido, he golpeado una mano contra la otra,  he agredido a los cojines… Lo único que no se me da es romper cosas. Siempre me ha parecido inútil amén de estúpido. Entonces, más que dolor o tristeza, lo que me embarga es el enojo.

Pero cuando el sentimiento es grande y las lágrimas, muchas ya, rebosan mi pecho y amenazan con ahogarme… cuando necesito echarlas fuera, tengo que recurrir a un método, a un pretexto que no tenga que ver con mis verdaderos sentimientos y utilizo una especie de tirabuzón que descorcha el champagne de sentimientos largamente añejados…

Para esas ocasiones, preparo mi escenario. Espero a que no haya absolutamente nadie en la casa y, enciendo el televisor –ahora pongo el DVD con una película de Sara García y Fernando Soler-, para, concentrada en la tragedia, llorar largamente…

Aprendí el método en pleno divorcio, cuando para evitar a mi escandalizada madre (porque en esta familia nunca ha habido divorciadas), ponía la  telenovela Cadenas de Amor” con el guapo Aldo Monti y la maravillosa Ofelia Guilmáin. Me sentaba cada día en la sala, con una caja de pañuelos desechables y durante media hora dejaba que las lágrimas salieran -enmascaradas con la tragedia de esa pareja- como bálsamo para el dolor que atenazaba mi corazón y mi cerebro. No pensaba en nada más. Sólo en llorar. ¡Y lloraba!

Más tarde, a lo largo de los años transcurridos, cualquier película que propiciara el gimoteo, servía para el noble propósito de desahogarme. Una vez terminado el episodio, apagaba el televisor e iba, alegremente a cumplir cualquiera de mis faenas, descargada del peso de las lágrimas.

Pero ahora me doy cuenta de que a diario mi corazón y mi mente se pueblan de voces y de escenas angustiosas y que las lágrimas que pudiera verter, difícilmente desahogarían mi pecho… A cualquier hora, esa pantalla que antes me servía de alivio, ahora me asalta con terribles torturas y excesos cometidos contra niños, con violencia exacerbada, sobre todo contra las mujeres, con guerras estúpidas y con amenazas cada día menos veladas…

¡Y entonces lloro! ¡Y lloro! ¡Y  lloro! …sin que tanto llanto drene ni un poco la angustia que me atenaza el corazón.
 
 
 
 
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Número 102, Mayo 2008