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| La sociedad, única solución |
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Por: Ramón Zurita Sahagún |
Cuando observo que la mayoría de los mexicanos estamos literalmente aterrorizados por el crecimiento imparable en volumen y extensión- de la violencia provocada por las huestes de los cabecillas criminales, el mal llamado crimen organizado, que impune, inmunemente, se han apoderado de la mayor parte del país en el que vivimos, bajo la capa protectora de miles y miles de los llamados servidores públicos, que a cambio de dinero o bajo amenazas, que jamás se atreven a denunciar, les venden protección, muy frecuentemente viene a mi cabeza una idea que, quizás, sea rechazada o cuando mucho convertida en materia cómica.
Sí queridos lectores, seguido pienso que de nuestra sociedad, cada individuo que la conformamos, debiésemos trabajar más solidaria, sabia, recia, decidida, ardua, física y mentalmente, para transformar las condiciones deplorables, indeseables, en las que esos funcionarios públicos constitucionalmente obligados a brindar a los gobernados bienestar y seguridad- nos han situado por su corrupta ambición, o su debilidad cobarde, si no, ¿de dónde obtuvieron tanto poder esas gavillas de criminales? ¿Por qué actúan con cinismo exacerbado?
Estoy convencido que en nosotros, la sociedad, efectivamente está la solución del gravísimo problema en el que se ha y nos colocado el gobierno federal con su preconizada guerra al crimen organizado que a la postre debió cambiarle el nombre y el objetivo el presidente Calderón.
¿Se equivocó el presidente en su enfoque? ¡Por supuesto que sí! Se olvidó que para un presidente de México, lo primero, primerísimo, son sus habitantes, aquellos que a diario trabajan por progresar, por acrecentar honestamente sus capitales, por producir industrias de productos y servicios y con ello empleos, por formar a sus hijos como ciudadanos ejemplares.
Es decir, lo primero es la sociedad, por tanto, en ella se afianzan las grandes soluciones. Ello no quiere indicar que crédulamente se considere que todos los miembros de nuestra sociedad sean gente de bien, ¡por supuesto que no! Ni siquiera que unánimemente todos sus integrantes avalen el trabajo colectivo para hacer de este México tan lastimado, un México sano, fuerte y progresista.
Para empezar, necesitamos ser una sociedad que no dé espacio a la doble moral, ni a la hipocresía, ni al solapamiento de nuestras propias adicciones, ni la de los nuestros, porque, estoy seguro, que ser adicto es ser cómplice de esos que aterrorizan, diezman, asesinan, impunemente no sólo a sus enemigos de mafia, esa es una gran mentira, como las que suelen repetirnos los funcionarios que con ello y muchas fullerías más, manchan el prestigio de nuestras instituciones: la Sedena, la Semar, la PGR, la SSP, sino a gente inocente sin importar edad ni sexo.
¿Nos conformaremos? ¿Permitiremos que estas gavillas de criminales se conviertan en los terroristas del futuro cercano? ¿Que imiten a las FARC de Colombia, país al que lastimaron tanto tiempo?
Debido a estas premisas que todo mundo conoce y ha mencionado repetitivamente en su trabajo, en su escuela, en su casa, es que debemos sumar nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos, con una influencia real entre nosotros mismos.
¿O es que los fenómenos sociales que padecemos cotidianamente en nuestra convivencia no son suficientemente claros para descubrir los patrones de comportamiento tanto de los criminales que amenazan no solamente nuestra tranquilidad, sino nuestras propias vidas y las de nuestros hijos-, como los de los funcionarios públicos corruptos que lo permitieron desde hace décadas y lo siguen permitiendo?
Por supuesto que así lo verán ustedes, queridos lectores, sin embargo, ante el abandono o la pusilanimidad del sistema de gobierno mexicano, gran parte infiltrado por los criminales, algo tendremos qué hacer, sin empuñar armas, ni comprar autoridades, sino con nuestra actitud cuando descubramos a los malhechores oficiales, denunciándolos, pero no ante ellos mismos, sino haciéndolo público a través de los medios, los impresos, los electrónicos, los cibernéticos, sólo así, porque si esperamos que la inteligencia de estado opere, seguramente será demasiado tarde. |
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