Año 10 No. 130, Septiembre de 2010
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Escenarios
Elsa y Fred
 
Por: Tomás Urtusástegui
 
Los que vivimos los muchos años en que le entrada al teatro era de doce pesos nos escandaliza que ahora, como en el caso de la obra Elsa Y Fred, el boleto cueste setecientos pesos. Si va uno con su pareja, que es lo normal, ya se fueron mil cuatrocientos pesos, casi el salario mensual de un obrero, y eso, sin contar el estacionamiento, el refresco y alguna golosina.

Mis hijos me dicen que doce pesos de antes valían casi lo mismo que setecientos de ahora. Pueda, pero a mí me sigue pareciendo una cantidad enorme. Lo que hay que preguntar, me dicen, es si valió la pena el gasto o no. En este caso tengo que contestar que sí, que sí valió la pena.

Haré la reseña completa:

Se abre el telón y vemos la sala de dos departamentos en un edificio de lujo. En uno vive Elsa y en otro Fred. Los dos departamentos se mueven para darle importancia a uno o al otro centrándolos en el escenario.

Aparece la familia de Fred en el momento de terminar de instalarse en el nuevo espacio. Mucho ruido, mucho movimiento inútil, malas actuaciones, uso de micrófonos que nos hace sentir que todo es falso y, sobre todo, el aplauso del público. Aplauden todo, aplauden cuando entra cualquier nuevo personaje y aquí son muchos. Aplauden si se mueven, si se tocan, si se besan, si dicen esto o lo otro. ¿Nadie les habrá explicado que sólo se aplaude cuando termina la obra o excepcionalmente cuando sucede algo artístico relevante?

Aquí le aplauden, y eso, literalmente, al gato y al perico que aparecen en la obra. Muy molesto. Aparece (Ignacio) López Tarso y los aplausos aumentan, lo mismo sucede cuando hace su entrada Beatriz Aguirre. Ellos, a diferencia de todos los anteriores, no exageran, no tratan de ser chistosos. Y ahí comienza la obra, no antes.

Por supuesto, como me imagino la mayoría del público, yo había visto y disfrutado la película argentina Elsa y Fred y, como ellos, me pregunté qué cómo iban a lograr darnos en el teatro todos los espacios que proponía la película y que eran tan importantes como la Fuente de Trevi en Roma.

De las actuaciones no tenía yo la menor duda que iba a estar a la altura o, inclusive, superior. Pero seguía con la duda en cuanto a la escenografía. ¿Cómo recrear el consultorio, la calle, el antro, el restaurante e, insisto, la Fuente?

Pocas obras existen en que los dos protagonistas borren a todos los demás personajes. En Elsa y Fred esto es muy notorio. Ni actores de la talla de Aarón Hernán logran destacar, pues sus papeles son muy pequeños. La obra es de López Tarso y Beatriz Aguirre. Los demás, pueden desaparecer y no sucede nada. Estoy seguro que puede hacerse una versión en que sólo ellos dos aparezcan. Los dos están sensacionales, los dos dan una clase a los actores nuevos y, sobre todo, a las personas de la tercera edad que viven quejándose de todo y no hacen nada, de dedicación, de trabajo, de entrega. La frase tan en boga actualmente de Sí se puede está realizada por estos actores que ya pasan de los setenta y cinco años de edad cada uno.

Terminaré con la escenografía. Funcional la de los departamentos. Correctas la del restaurante, del antro, del consultorio. Pobre la de las proyecciones de Italia y otras que utilizan. Formidable la Fuente de Trevi que aparece en tercera dimensión y a todo color frente a nuestros ojos. Le faltó sólo el agua. Al aparecer sí estaba justificado el aplauso y se aplaudió y se siguió aplaudiendo todo el tiempo. Felicidades al maestro Antón y a todos sus técnicos.

En resumen, vale la pena el gasto para ver el trabajo de López Tarso, de Beatriz Aguirre, gozar la historia y ver la Fuente de Trevi. Felicidades a los productores que son dos jóvenes.

Zoot Suite
Un público muy diferente el que acude a los teatros de la Universidad y que está formado, principalmente, por jóvenes. Aquí, nada de aplausos fuera de lugar, y sí, mucho entusiasmo al terminar la obra en la que aplauden, gritan, chiflan y hasta bailan.

Zoot Suite, que quiere decir traje de pachuco, la escribió y dirigió Luis Valdez ya hace muchos años en Los Ángeles. Fue la primera comedia musical con tema latino la cual causó tanto impacto que la llevaron, también con éxito, a la pantalla grande.

Ya pasó mucho tiempo. Y ahora, el autor y director viene a México para presentárnosla con un elenco nacional. No existe ningún pretexto para perdérsela. La entrada es barata, está en C.U., y todos los que aparecen en escena son profesionales.

Muy buena la escenografía que con pocos cambios se transforma en cárcel, en cabaret, en calle. Muy bien el vestuario de época. Buenas las coreografías y la música. Buenas actuaciones y buena dirección. Pero… El pero que pocas veces falta. Mi pero es a la historia misma que no se modificó, o al menos eso me pareció, para hacerla un poco más actual.

Lo que se nos platica es nada comparado con la violencia actual, con los maras, los zetas, etcétera. También utiliza el melodrama venga o no al caso, algo común hace unos años. Me molestó, eso sí, el uso excesivo de color en el lenguaje. Después de escuchar unas cien veces la palabra ese ya quiere uno gritar. Es como actualmente usan para todo el güey. Si ese, vamos ese, lo que tu digas ese, vamos a jugárnosla ese, ya lo mataron ese.

Si agregamos que los actores tienen que hablar casi a gritos para poderse dejar oír, ese color nos hace perder parte de los textos y definitivamente nos cansa, o al menos a mí y a la persona con la que iba nos cansó.

Con todo y todo, no dejen de ir a ver esta puesta, en primer lugar para conocer el teatro chicano, para disfrutar muchos momentos de baile y de movimientos, para recordar cómo éramos hace unos años. Vale la pena.

Reclusorios
La idea que tenemos cada uno de nosotros de los reclusorios es muy distinta. Unos los vemos como lugares casi infernales donde se va a sufrir. Otros, como una escuela del crimen. Otros más lo ven como el lugar desde donde nos transan a los de afuera por medio del teléfono, ya no se diga lo que piensan los que tienen un familiar interno.

Sé que todo lo anterior es verdad pero, para mí, los reclusorios son también sitios donde muchas personas de ambos sexos se inician en el teatro, en la poesía, en las artes manuales y en los deportes.

Tengo muchos años asistiendo a ellos, desde los muy ligeros hasta los muy pesados, como Almoloya. En todos los casos he ido con grupos de teatro a presentar funciones. A mis artistas, sobre todo los que se inician, les digo que ir a dar función a un reclusorio es pasar la prueba de fuego. Si llegan a gustar ya pueden estar seguros de que van a triunfar en la vida. Creo que el público infantil y el de los internos en los Ceresos son los más difíciles del mundo.

Si algo no les gusta lo manifiestan en el acto, ya sea saliéndose de la sala, gritando, chiflando y hasta insultando. En cambio, si es de su agrado aplauden a rabiar. Y no sólo eso. Durante la obra se manifiestan como son. Si es una escena de llanto ellos lloran, si es de risa se carcajean, si es violenta…cuidado, ellos se vuelven violentos. De los aplausos más sinceros que he tenido en mi vida es de estos lugares.

Todo este preámbulo es para hablar de Jorge Correa al que seguramente ninguno de ustedes conoce. Alguien lo nombró el padre del teatro penitenciario. No sé si será el padre, pero sí que es una persona que ha dedicado lo mejor de su vida a preparar gente para el teatro, a enseñarles, a dirigirlos, a promoverlos, a darles cultura.

Treinta años ha pasado tras las rejas sin culpa alguna. Todos los días sale a la calle pero la mayor parte del tiempo se la pasa encerrado con sus alumnos y actores. Su labor, importantísima, es callada, pero sumamente valiosa. Muchos reos, creo, a través de él, han cambiado su punto de vista sobre la vida.

En el mes de mayo, al fin, las autoridades le reconocen su valía y le ofrecen un homenaje al que fui invitado para hablar del trabajo incansable de Jorge. Mejor lugar no pudieron escoger: un reclusorio, un reclusorio de provincia. Pudo haber sido en un teatro o en una oficina. El lugar fue en el anexo femenil del Cereso Regional Apizaco, Tlaxcala.

Los que íbamos de México DF, incluida la Licenciada Ruth Villanueva, que fue directora, siete años, de la Cárcel de Mujeres en Santa Martha Acatitla y que ahora se dedica al estudio de los jóvenes delincuentes, llegamos a tiempo. No así algún funcionario que al fin de cuentas nunca pudo llegar pero que nos hizo esperar a todos, más de una hora, sentados en el patio de deportes, afortunadamente cubierto con una lona, pues hacía mucho calor.

La reclusas, sentadas desde quien sabe qué hora, se colocaron del lado derecho y del lado izquierdo los invitados. Al frente, los presentadores y frente a ellos un escenario dónde se representará una obra actuada por las reclusas.

Habló la licenciada Beatriz Ramírez relatando la trayectoria de Jorge. Seguí yo, pidiendo que se le reconociera a Jorge, a nivel nacional, su labor. Siguió el Jefe de la Policía y el encargado de eventos culturales. Jorge terminó la ceremonia, muy emocionado, hablando de su labor, de la ingratitud de muchos funcionarios, las faltas de apoyo y terminó, casi llorando, recordando lo positivo, que es la mayoría, su trabajo con presos de toda la República. El aplauso duró varios minutos.

Otro día hablaré de la obra que presentaron, de la autora y de las actrices. Hoy está dedicado este escrito a Jorge Correa. Qué viva muchos años y que siga con su labor.
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