Año 10 No. 130, Septiembre de 2010
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La muerte de Gabriel Vargas y Robert Laffont
Personajes de primera línea y de otros tiempos
 
Por: Bernardo González Solano
 
Quizás porque ambos personajes rompieron muchos patrones en sus respectivos campos de trabajo y de creación, tanto Vargas como Laffont merecieron el reconocimiento de sus pares.

Aquí y allá.
 
En el lapso de seis días, México y Francia sufrieron las pérdidas de dos personajes de primera línea: aquí, el “monero profesional” hidalguense, Gabriel Vargas Bernal, de 95 años de edad, nacido el 5 de febrero de 1915 en Tulancingo.

El creador de la imperecedera La familia Burrón –cuyo primer número apareció en 1948 y duró hasta 2009- sustentada en la quijotesca pareja a la mexicana: el tradicional y recto peluquero don Regino Burrón y su desparpajada esposa, la esencia de la feminidad autóctona en las vecindades de la ciudad de México, doña Borola Tacuche de Burrón, falleció el martes 25 de mayo en su departamento de la colonia Cuauhtémoc de la capital de la República Mexicana.

Y allá, en Francia, el debatido editor librero, Robert Laffont, de 93 años de edad, el miércoles 19 de Mayo, en el Hospital Americano de Neuilly, que a lo largo de 70 años de carrera editorial, publicó más de 10,000 títulos, entre los que sobresalieron El desierto de los tártaros, del autor italiano Dino Buzzati, Papillon, de Henri Charriere, y ¿Arde París?, de Dominique Lapierre y Larry Collins, entre muchísimos otros.

Personajes distantes en la geografía, pero que sufrieron la orfandad en la niñez. Vargas renunció a una beca en París para vivir con su madre en el DF. Y Laffont fue educado por una abuela autoritaria. Cosas de la vida.

Quizás porque ambos personajes rompieron muchos patrones en sus respectivos campos de trabajo y de creación, tanto Vargas como Laffont merecieron el reconocimiento de sus pares. Aquí y allá.

El deceso de Gabriel Vargas recibió la atención de las primeras planas de los principales periódicos de México, con excepción de dos o tres que miserablemente enseñaron, una vez más, el cobre.

Nada raro entre los grupos periodísticos de México. Alguno, incluso, aprovechando los intereses de algunos intelectuales colaboradores de dichos periódicos publicaron tres o cuatro planas reimprimiendo artículos viejos, escritos con motivo de algunos reconocimientos otorgados al famoso aunque modesto monero profesional como él mismo solía calificarse.

Nunca hizo ronda con los círculos intelectuales y poco trato mantuvo con las asociaciones de caricaturistas. Como gran creador de personajes, era un hombre solitario rodeado de pocos familiares, apoyado, siempre, por su inteligente y culta esposa, Guadalupe Appendini, sobrina de la famosa Ida Appendini (1899-1956, afamada maestra y escritora mexicana de origen italiano).

La muerte de Robert Laffont fue anunciada con una excelente fotografía del editor en la parte derecha superior de la portada del vespertino parisiense Le Monde del viernes 21 de mayo. La nota necrológica se tituló: La mort de l´editeur Robert Laffont + Soixante –dix ans d´exigente et d´éclecticisme. El pie de foto dice: Robert Laffont, en 2005.

El fallecimiento de Gabriel Vargas en México, incluso sirvió para ilustrar –algo fuera de serie- el cabezal del periódico capitalino La Razón, con varios de los personajes de La familia Burrón, entre los que inexplicablemente no aparece doña Borola.

Un miserable editor, cuyo periódico antiguamente publicó la gran creación del genial hidalguense, simplemente informó de la muerte de Vargas con una raquítica nota enviada, nada menos, que por la agencia de noticias española EFE. Como si en dicho periódico no hubiera reporteros que pudieran haber escrito una nota necrológica a la altura del personaje. Así se las gastan algunos editores periodísticos mexicanos, si es que en realidad lo son.

En Francia no se acostumbra publicar esquelas en los periódicos con motivo del fallecimiento de cualquiera, famoso o no. En México es todo lo contrario. Cuántas veces los periódicos no han recibido verdaderas fortunas por la simple publicación de esquelas. Ahora, cuando las autoridades del DF, las de Educación Pública y las de CONACULTA pudieron haber justificado el gasto por el fallecimiento de Gabriel Vargas, sólo esta última ordenó una minúscula y ridícula esquela. ¡Miserables!

Del gobierno de la ciudad de México, en cuyas vecindades y otros lugares populares sólo reinó el pincel y la pluma de Gabriel Vargas, no cabía esperar ningún acto de contrición. Los seguidores del rayito de esperanza se dedican a otras cosas: a cobrar mayores alcabalas; a prestar pésimos servicios y a fomentar la corrupción en las oficinas públicas y en las calles de la gran metrópoli. ¡Exactamente todo lo que Vargas Bernal criticó con sus famosísimos monitos!

Algunos caricaturistas, pocos por cierto, y no podía ser de otra forma, dedicaron sus trabajos del día a la muerte del maestro Gabriel Vargas Q.E.P.D.

Gabriel Vargas Bernal fue el prototipo más relevante del mestizaje entre lo indígena y lo español, tanto en su forma personal de ser –vestía y actuaba como un sacerdote o un seminarista que no recibió las sagradas órdenes sin renunciar a sus creencias pero sin cantarlas o debatirlas en sus historietas –como en el desarrollo de su ingenio artístico-periodístico y su interpretación de la existencia de la clase popular en la ciudad de México desde la cuarta década del siglo XX, hasta los primeros años del siglo XXI.

Observador y cronista –que no criticó, ni fue vividor populista, como si fuera politicastro tabasqueño o, algo peor: tránsfuga de los partidos políticos-, de la vida quintopatiera (cuyo testimonio fílmico quedó en la película Quinto Patio protagonizada por Emilio Tuero; la hermosa catalana Emilia Guiú; la no menos atractiva Chula Prieto, y dirigida por Raphael J. Sevilla, se estrenó en 1950, en el Cine Ópera, ahora desaparecido, y se mantuvo en cartelera seis semanas) que él entendió y captó como pocos.

Sin contar con estudios universitarios, fue el mejor sociólogo de esa vida de vecindad de la otrora ciudad de los palacios.

De ahí su gran éxito, cuando la radio era el medio idóneo para hacer famosos a los cantantes y a otros artistas. Cuando la (XE) W se escuchaba en toda América Latina, los monitos de Gabriel Vargas se imprimían por millones de ejemplares mes tras mes. A veces diariamente. Un verdadero fenómeno de masas.

Aunque ahora la Internet y el Twitter son los conductos idóneos de comunicación masiva, no sólo en México sino en todo el mundo, nada sustituirá la lectura que desde 1948 hicieron, generación tras generación, los iletrados mexicanos que consumían los ejemplares de La familia Burrón impresos en papel revolución.

Era una lectura deliciosa que se propagó a toda la República y a otras partes del continente.

El hijo de Josefina Bernal se convirtió en el Balzac mexicano. Sus creaciones: Regino Burrón, icono de los peluqueros capitalinos y de otras partes; Borola Tacuche, Macuca, el Tejocote, el hijo adoptivo Foforito, el infaltable perro familiar Wilson, el poeta Evelino Palangano y su abnegada madre, lava ajeno y todo lo demás, doña Gamucita; Floro Tinoco, apodado El Tractor. Ruperto Tacuche que se embozaba como si fuera gobernador. La Divina Chuy, Susanito Cantarranas y doña Cristeta, la tía rica, quedaron huérfanos de padre. Para su consuelo ya se han publicado 14 tomos de los Burrón.

Por otra parte, los selectos lectores de EX LIBRIS saben muy bien que el nombre de Robert Laffont fue uno de los que encarnaron la edición francesa de la segunda mitad del siglo XX.

Que fue el precursor de una nueva generación de editores de post-guerra que llevó a Francia métodos libreros ahora comunes, inspirado en el mundo editorial de Estados Unidos donde vivió en 1954 para realizar estudios de mercado. Lanzó best sellers que le permitieron fundar una poderosa casa editorial.

Laffont nació el 30 de noviembre de 1916 en Marsella, hijo de un oficial de marina, director de la Compañía General Trasatlántica y nieto, por su madre, del fundador del periódico Echo de Orán. Su familia era conservadora y católica. Quedó huérfano muy niño, su madre murió víctima de la gripe española en 1918 y quedó a cargo de una abuela autoritaria en todos los sentidos.

A los 24 años de edad, en 1941, Laffont decidió su vida para siempre: sería editor de libros y adoptó como sello un delfín que lleva en el lomo la figura del poeta Arion.



Su primer libro fue Oedipe roi de Sófocles. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la que tomó parte, se instaló en París y creó la famosa colección de literatura extranjera Pavillons.

Sus primeras firmas fueron: Graham Greene y Evelyn Waugh –de cuyo nieto, Alexander, por cierto, acabamos de comentar en esta misma columna, su libro La familia Wittgenstein-, acompañados por E. M. Forster y Henry James (traducido al francés, por Marguerite Yourcenar, la autora de Memorias de Adriano, la primera mujer en acceder a la Academia Francesa) y después, al paso del tiempo, Dino Buzzati, el recién fallecido, J. D. Salinger (Jerome David Salinger); Mijail Bulgakov y John Kennedy Toole.

Mal gerente, se vio obligado a asociarse con el editor René Juilliard que controló la distribución de sus libros. Sin embargo, su catálogo no dejó de enriquecerse. Comenzó a publicar a todos. De André Pierre, de Mandiargues, a Gilbert Gesbron, de la literatura exigente a las novelas y documentales populares, sin olvidar los libros prácticos, los diccionarios.

En 1962, con motivo del deceso del editor de Francoise Sagan, Laffont se encargó de la editorial de su asociado y rival.

Como muchos otros de los grandes editores franceses, Laffont tenía un gran olfato por los libros de éxito: Le sacrifice du matin, de Bénouville, será el primero en vender cien mil ejemplares, en 1946, apenas un año después de la guerra.

Su editorial, instalada en la calle de la Université; después en la parisiense Plaza Saint-Sulpice, rápidamente se convirtió en una máquina de imprimir best-seller’s, para los que dio prueba de una intuición increíble: Le jour plus long (El día más largo), de Cornelius Ryan; después, Paris brule-t-il? (Arde París?), de Dominique Lapierre y Larry Collins y, sobre todo, Papillon (Mariposa), de Henri Charrière, en 1969, fenómeno histórico con 1.2 millones de ejemplares vendidos en seis meses, y otros más.

Por cierto, los tres títulos citados se convirtieron en otros tantos filmes de gran éxito. Pero, primero fueron los libros editados por la casa Laffont.

El apogeo de Robert Laffont sucedió hace 42 años, en 1968, cuando publicó Le Maitre et Marguerite (El maestro y Margarita) de Mijail Bulgakov, el novelista y dramaturgo ruso, y Le Premier Circle (El primer círculo), de Alexander Solyenitsin.

Su editorial recibió el Premio Gouncourt por Les fruits de l`hiver (Los frutos del invierno), de Bernard Clavel.

Vargas y Laffont... personajes de primera línea y de otros tiempos.
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