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Por: Ramón Zurita Sahagún |
Se dijo, cuando menos desde que Felipe Calderón logró afianzar, primero, la precandidatura (merced al destape hecho por su amigo, el entonces gobernador de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña); luego la candidatura y, finalmente, la Presidencia de la República, que, faltándole calidad de estadista, tenía, cuando menos, capacidad conciliatoria.
Sin embargo, a lo largo de tres años de mandato esa virtud no ha sido fehacientemente probada, pues cuanto intento por conciliar ha llevado a cabo, el presidente de México no ha logrado ninguno de sus objetivos.
Baste mencionar sus iniciativas de reforma en materia fiscal, política-electoral y energética, las cuales, por claros absurdos, amén de ser lesivos, electoralmente hablando, para los intereses de los partidos de oposición, el Legislativo hizo algo, pero no lo que proponía el presidente.
Quizás se pasó por alto que su ideología, personal y de partido es irreconciliable con la de la mayoría opositora. Pongamos algún ejemplo tajante: seguramente, para reconciliarse con la región latinoamericana, convocó a su Cumbre de Unidad.
Sin embargo, en el desarrollo de tan rimbombante reunión, se plantea una grave paradoja: primero, dio otro duro golpe a la tradicional política exterior mexicana la de la no intervención y soberanía de los pueblos -¿por qué intervenir en la política interna de Honduras?-, a la que no solamente dejó mal parada la dupla Fox-Castañeda con aquello de comes y te vas impuesta a Fidel Castro, sino el mismo Calderón, que no convoca al presidente Porfirio Lobo Sosa, pero sí a Raúl Castro, heredero del poder por parte de su hermano Fidel.
Ahora las contradicciones: sí invita a Hugo Chávez y a su seguidor Evo Morales, ambos con evidente ideología de izquierda, pero el señor Chávez más bien actúa como dictador que como presidente electo democráticamente. Ambos son enemigos jurados del imperialismo yanqui, que eso a los mexicanos nos tiene sin cuidado, pero que, para México y los mexicanos tiene una fortísima significación: en primer término debido al TLC con Canadá y Estados Unidos -a quienes no se les invitó-, que no sería tan relevante si no exportáramos a EU el 90% de nuestros productos, y que no dependiera nuestra economía a la de la gigantesca potencia.
Ahora bien, si lo que plantea Calderón es la unidad latinoamericana, ¿por qué discriminar a Honduras? Porque, claro está, esa unidad sería congruente, útil, si sus principios fuesen la búsqueda de mejores condiciones económicas, tecnológicas, financieras, científicas y comerciales a partir del respeto a la identidad nacional de cada uno de los pueblos latinoamericanos, a su cultura y, sobre todo, a su tipo de Sistema de Gobierno, para negociar.
Por que sí, sería válido negociar ante Canadá y ante Estados Unidos, apoyos reales para el desarrollo integral de Latinoamérica, en forma tal que ningún ciudadano latino tuviese que emigrar a EU en búsqueda de las condiciones de vida que sus países no les dan.
Citemos otro aspecto confuso del presidente Calderón: ¿por qué permitir que el clero, por muy político que sea, desde el púlpito manipule las conciencias de los mexicanos no sólo para efectos electorales, sino en materia legislativa: el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de niños por estos? La reforma del 130 era para reconocer los derechos de los curas como ciudadanos, con limitaciones, porque pueden votar, pero no ser votados y, menos, para que, desde el púlpito, en misa, en el rosario, la catequesis o cualquier rito, induzcan y conduzcan las conciencias a favor de tal partido y contra aquel otro. Señores, eso es faltar al principio constitucional del Estado Laico y permitir que a partir del precepto del respeto a la libre expresión se engañe a la sociedad y se satanicen legislaciones que van contra su doctrina.
De la inseguridad nacional, ni hablar. Quizás sus intenciones sean las más sanas y honestas, sin embargo, no es lógico ni creíble que el cuerpo de inteligencia de la Sedena, o de las policías federales, ni siquiera por parte del procurador General de Justicia o del secretario de Seguridad Pública, no sepan o no puedan descubrir dónde se localizan los capos de la droga o del secuestro.
Porque, es seguro que si no hubiese corrupción, inmunidad e impunidad, vendidas por funcionarios corruptos, de altos y bajos mandos, la guerra contra el llamado crimen organizado ya habría terminado. Simplemente una verdadera batida del Ejército Mexicano, bien planeada, simultánea, acabaría esa criminalidad y esos criminales.
En conclusión: el diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que conciliar significa: Componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí. Conformar dos o más proposiciones o doctrinas al parecer contrarias y Granjear o ganar los ánimos y la benevolencia. Pero en México, tanto en el ámbito nacional interno, como en el externo, no hay nada que se parezca a tales definiciones. |
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