Año 10 No. 130, Septiembre de 2010
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El convento de Corpus Christi
En los caminos de la memoria y la leyenda
 
Por: Cecilia Sandoval Macías
 
...Aunque las mujeres no fueron quienes marcaron los lineamientos básicos del pensamiento novohispano, ni ocuparon los puestos públicos ni intervinieron directamente en la política, fueron las activas transmisoras de los valores culturales que constituyeron su mundo, esos que todavía llegan a nosotros tan hondamente como penetran en nosotros las aguas del bautismo.

Josefina Muriel
 
Sobre los conventos de la Nueva España se han construido innumerables leyendas que, alumbradas desde distintos imaginarios, nos invitan a concebir algunas de las historias que sucedieron dentro de ellos, siempre, bajo el pulso de la agitada vida del virreinato.

Alrededor del convento de Corpus Christi se cuentan importantes hechos que invitan a descubrir su historia más allá de la hermosa leyenda que resguarda. En él, se creó un espacio para mujeres indias a finales del virreinato; años después, durante la llamada República Restaurada, albergó a la primera Escuela Normal de Profesores de Sordomudos; y por algún tiempo, también al Museo Nacional de Artes e Industrias Populares.

En el México virreinal existieron numerosos conventos femeninos de varias órdenes religiosas y diferentes tipos de monjas, de velo blanco y negro. El edificio que albergó a Corpus Christi, tiene sus orígenes en las primeras décadas del siglo XVII dentro de este piadoso escenario. Su fundación data de 1724, perteneció a la orden franciscana de Santa Clara y fue un convento ex profeso para indias cacicas, hijas de la agonizante nobleza mesoamericana, hecho por demás relevante y polémico.

Su existencia anuló el efecto de la Real Cédula del 8 de junio de 1628, que prohibía a las indias tomar el hábito y profesar, a pesar de que hay registro de que algunas mujeres mestizas lograron tomar los hábitos.

Conseguir las licencias necesarias para la fundación de un convento de monjas, en ese entonces, era muy complicado. Su inestabilidad económica se asociaba al relajamiento de las costumbres en algunas órdenes, e impactaba negativamente el presupuesto de la Iglesia, ya que ésta debía absorber el sustento del religioso que administraba los bienes de la congregación y atendía las necesidades espirituales de las monjas.

Es en este clima adverso en el que se funda Corpus Christi, auspiciado por el virrey don Baltasar de Zúñiga y Guzmán, marqués de Valero, quien obtuvo el permiso de Felipe V el 30 de diciembre de 1719.

Pedro Arrieta, Maestro mayor de la Catedral, fue el arquitecto encargado de la obra, su trabajo gozaba ya de gran prestigio debido los proyectos que había realizado en La Profesa, el Santuario de Guadalupe y para el Santo Oficio.

Corpus Christi se ubica frente a lo que hoy es la Alameda Central, en la avenida Juárez, y su sello es una imponente fachada barroca. En ella se observan columnas compuestas por delicados elementos decorativos; dos óvalos aluden a la advocación del convento al contener el Corazón de Jesús y el Cáliz Sagrado en un admirable trabajo de cantera. Pocas piezas originales se conservan en el interior, de éstos, algunos retablos se atribuyen al pintor José Rodríguez Juárez y uno de los cuadros, que actualmente se encuentra en Madrid, se presume perteneció a la colección de la reina Isabel de Farnesio.

El convento recibió a 18 indias cacicas, una de ellas descendiente del emperador Moctezuma, en sexta generación. A Corpus asistieron también monjas españolas provenientes de otros claustros. Todas recibieron idénticas distinciones, una esmerada educación alrededor de una doctrina inspirada en valores para modelarlas como portavoces de fe y vínculo entre diferentes culturas y formas de concebir el mundo.

La reflexión sobre las estrategias para cifrar alianzas políticas entre la Iglesia y la nobleza indígena resulta inmediata.

Aún con los votos de clausura, la dinámica conventual admitía una intensa relación entre los espacios privados y públicos. Los vínculos familiares activaban el diálogo entre la Iglesia, la sociedad local y, naturalmente, los conventos. El papel de las monjas era imprescindible para el virreinato, ya que eran ellas quienes intercedían ante la corte celestial y velaban por la salvación colectiva. En el caso de las profesas de Corpus Christi, también alimentaban la vital relación entre educación y evangelización.

Si bien el convento sufrió problemas debido a discursos racistas que cuestionaban la inteligencia, caridad y vocación de las jóvenes indias, su confesor, Fray Juan de Alcaraz abogó por ellas hasta esclarecer la cuestión y llevar a buen puerto la querella.

La defensa de las monjas de Corpus se cifró en escribir su vida y sus experiencias. Las extraordinarias biografías que llegan hasta nuestros días, son una muestra de la gran disposición y capacidad de estas mujeres para abrazar la fe católica.

A través de sus textos podemos vislumbrar algunos aspectos de la cotidianeidad conventual y de sus habitantes como se aprecia en el siguiente fragmento sobre Sor Apolonia de la Santísima Trinidad… sus padres fueron indios caciques y principales como se colige de la bella educación que trajo su hija a la religión, fueron buenos cristianos y de muchos alcances, pues desde luego penetraron las obligaciones de criar bien a sus hijos. [1]

El profundo amor que se dice tuvo el marqués de Valero por doña Constanza Téllez, dio alma a una de las leyendas que atraviesan la historia del convento, puesto que en el decir popular, el gallardo caballero mandó construir el edificio de Corpus cuando supo que su amada, de quien quedó prendado al escuchar misa en la Catedral, ingresaría al noviciado.

El testamento de don Baltasar de Zúñiga y Guzmán, instruía que a su muerte, su corazón atravesara el océano y fuera depositado en la iglesia del convento de Corpus Christi en la Nueva España. Se cuenta que doña Constanza, siendo ya Sor Marcela del Divino Amor, guardó siempre cerca de sí, la arqueta de plata que contenía el corazón de su amado marqués.

Desafortunadamente el paso del tiempo, la secularización de los bienes de la Iglesia y diversos eventos naturales arruinaron el convento. A finales del siglo XX el ex convento fue restaurado y se encuentra dentro de un excelente programa de restauración. Desde 2004 custodia el fondo histórico del Archivo General de Notarías, que incluye documentos que van desde 1525, hasta más de 26 mil libros notariales que contienen importantes textos, como los testamentos de sor Juana Inés de la Cruz y de Lucas Alamán.

Hoy, el convento para indias cacicas de Corpus Christi, conjuga, entre sus paredes, la obra del muralista Miguel Covarrubias y la historia de la orden de Santa Clara en territorios de ultramar. Convertido en un silencioso cronista que da fe de la transformación de la Ciudad, sus diferencias, secretos, amores y memorias.
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