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| Latinoamericano en Nueva York |
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El Van Gogh mexicano, Martín Ramírez, fue internado en un manicomio. Es maniático-depresivo-esquizofrénico-catatónico, lo diagnosticaron
luego como paranoico. El hecho es que Ramírez dejó de hablar por completo y pasó el resto de su vida en hospitales psiquiátricos en California dedicando todo su tiempo a dibujar. Tal vez, en la profundidad del silencio, encontró una vocación tan intensa que dominó su mundo entero sin dejar espacio siquiera para hablar. Aunque tuvo varias oportunidades de volver con su familia a México, se negó hacerlo.Se pasó treinta años pintando. |
 |  | | Ramírez cortesía Galería Ricco- Maresca Nueva York |  |
| En Pinta, la única feria de arte latinoamericano en EU, 60 galerías de Latinoamérica, EU y Europa, muestran bajo un mismo techo, una amplia diversidad de perspectivas artísticas partiendo del modernismo clásico del siglo XX hasta lo más vanguardista.
Una interesante panorámica donde pudo apreciarse lo aceptado y lo que empieza a abrirse puertas. Además, una oportunidad para calibrar el eco que tiene nuestro arte en el extranjero. Ahora, en su tercera edición, Pinta presenta pinturas, esculturas, móviles, videos y fotografía.
Como los organizadores de La Feria son argentinos, no asombra que dominaron las obras pictóricas y tridimensionales sudamericanas. De estas sobresalieron las magníficas obras constructivistas, cinéticas y de pop-art, cuya meta principal es la ilusión óptica. Entre ellas, las de sus representantes más ilustres de los 60 y 70: el brasileño Sergio Camargo y los venezolanos Carlos Cruz Díez y Jesús Rafael Soto.
A diferencia de pasadas emisiones, no hubo una sola obra de artistas mexicanos de reconocimiento global, y sólo tres galerías mexicanas: Ginocchio, Ge y Toca, participaron.
Sin embargo, se contó con una nutrida presencia de obras de jóvenes mexicanos. Además, la Galería Ricco/ Maresca de Nueva York, presentó exclusivamente la obra del mexicano Martín Ramírez, que en años recientes y, póstumamente, ha recibido merecido reconocimiento.
De los mexicanos jóvenes cabe mencionar a: Bosco Sodi, Rafael Vargas Suárez Universal y Ana de la Cueva.
La obra de Sodi en Pinta, consiste de relieves monocromáticos en distintos tonos realizados con las manos utilizando aserrín, tierra, fibra de yute y otros materiales poco convencionales. Los colores son intensos y realizados con pigmentos naturales. No hay formas ni imágenes. Lo que importa en su obra es el impacto del color y la textura.
La Galería Kai Hilgemann de Berlín le dedicó a Sodi toda su exposición en Pinta. Y es que, aunque el reconocimiento parece desmerecido, por alguna razón inexplicable, la obra de Sodi se cotiza muy bien. En la pasada subasta de Sothebys su obra Azul, un cuadrado azul de 1.5 metros de cada lado, similar a sus obras en Pinta, se vendió en 22 mil dólares.
 |  | | Alastair de Ana de la Cueva. CortesÃa Jane Kim-Thrust Projects, New York |  |
| La Galería Ge de México, presentó en Pinta la obra Эльдорадо II El Dorado del astrónomo y artista mex-americano Rafael Vargas Suárez Universal.
Vivir la infancia en un suburbio de Houston, Texas, muy cerca de El centro espacial Johnson, sin duda marcó el destino de Vargas Suárez Universal. Ya no digamos su segundo y ambicioso apellido. Sus obras están inspiradas en la biología, la medicina, la astronomía y, en particular, en los viajes espaciales. En ellas integra materiales que se utilizan o resultan de estas disciplinas tales como mapas, planos y sangre. Este acercamiento entre arte y ciencia es interesante.
Эльдорадо II El Dorado, es un óleo sobre madera en el que se integran almohadas termales de aluminio que normalmente se utilizan en las naves espaciales. El resultado es un diseño geométrico hipnótico en negros, blancos y dorados.
Cada una de las fotografías de Ana de la Cueva, que se presentan en Pinta a través de la Galería Thrust Projects de Nueva York, muestra el torso de un hombre en calzones. Cada una está montada sobre una caja de cartón y lleva un texto descriptivo en inglés. Los individuos retratados no son modelos. El texto que describe la prenda resulta cómico, porque parece que describen al individuo que la lleva puesta. Así, el sujeto del retrato es un objeto: está a la venta. Un comentario agudo y cómico sobre la propaganda sexualizada y la pornografía.
Estas y otras propuestas de los artistas jóvenes en Pinta tienen valor, pero ninguno tiene la talla de un Galán, Marín, Cauduro, Domenge u otros mexicanos que merecerían ser vistos en ferias como éstas. Afortunadamente, esta carencia de grandeza en la presencia mexicana se evitó gracias a la obra de Martín Ramírez.
Martín Ramírez
Ramírez es El Van Gogh mexicano. Ignorado durante su vida, ahora, a cuarenta años de su muerte, recibe reconocimiento. En 2007, Robert Smith escribe en el diario New York Times: Martínez es uno de los grandes artistas del siglo XX. Y, sí, su obra es realmente intrigante.
Ramírez nació en los Altos de Jalisco en el último lustro del siglo antepasado. Este campesino indígena, fervientemente religioso, fue empujado por La guerra cristera y por la pobreza, a emigrar del campo mexicano, como brasero a los Estados Unidos, dejando tras de sí una esposa y cuatro hijos.
Ramírez tenía treinta años. En California trabajó de minero y en la manutención de rieles de ferrocarril. Los envíos que hacía a su familia en México consistían de una ración del dinero que ganaba y de cartas con dibujos. Cuando La gran depresión desbarrancó a EU, Ramírez se quedó sin trabajo y sin hogar. Para colmo, no hablaba inglés y terminó vagabundeando por Los Ángeles.
 |  | | Ramírez cortesía Galería Ricco- Maresca Nueva York |  |
| No se sabe si en verdad enloqueció, pero, como muchos inmigrantes indigentes, fue internado en un manicomio. Lo diagnosticaron como maniático-depresivo-esquizofrénico-catatónico y luego como paranoico.
El hecho es que Ramírez dejó de hablar por completo y pasó el resto de su vida en hospitales psiquiátricos en California dedicando todo su tiempo a dibujar. Tal vez, en la profundidad del silencio, encontró una vocación tan intensa que dominó su mundo entero sin dejar espacio siquiera para hablar. Aunque tuvo varias oportunidades de dejar el hospital y volver con su familia a México, se negó hacerlo.
Se pasó treinta años pintando.
El director del Hospital estatal DeWitt, James Durfy, atestiguó recientemente, en un programa de radio de NPR, la estación pública de Nueva York, que a pesar de que Ramírez era uno de los pocos pacientes que tenía un cuarto privado, éste dibujaba debajo de una mesa agachado en cuclillas, probablemente aterrado de los pacientes violentos.
Durfy relata con asombro que Ramírez utilizaba vasijas de harina de avena que él mismo cocía en los radiadores. Le daban lápices, crayones y colores de palo. Ramírez machacaba los colores, los disolvía con saliva y calentaba con un cerillo para obtener tonos tenues. Con los mismos cerillos aplicaba la mezcla. En ocasiones hacía collages pegando recortes de revista con pan o papa. Pintaba sobre bolsas de papel y sobre rollos del papel que se utilizan sobre las mesas de exploración en consultorios médicos.
El hospital tiraba los dibujos a la basura. Pero en los 50, Tarmo Pasto, uno de los psicólogos de DeWitt, que además era artista, empezó a conservar los dibujos y al cabo de mucho tiempo logró que la obra de Ramírez se mostrara en galerías de universidades. Pasto, incluso, mandó algunos al Museo Guggenheim de Nueva York, pero no recibió respuesta.
Ramírez murió en 1963.
Hoy se conocen más de trescientos de sus dibujos que poco a poco se han ido encontrando. Algunos son diminutos, otros alcanzan hasta seis metros. En la mayoría de ellos se ven representados trenes que entran y salen de túneles; automóviles transformados en tortugas; vírgenes, iglesias, culebras, venados, conejos, perros; y hombres armados y ensombrerados cabalgando.
Las imágenes parecen documentar la vida que tuvo el artista antes de haber sido internado.
 |  | | amírez cortesía Galería Ricco- Maresca Nueva York |  |
| La repetición obsesiva de líneas envolventes alrededor de las imágenes, parece ser una insistencia terca en recordar la vida fuera del hospital. Probablemente el aislamiento de este autodidacta y, especialmente, su patente búsqueda de identidad personal en sus dibujos lo explican.
Cuando en los dibujos está representado únicamente un hombre cabalgando (a veces pitando una trompeta gigantesca), o una virgen, las líneas parten de las figuras alejándose a los bordes del papel creando una especie de aura o escenario.
Los temas representados son íconos de la cultura popular mexicana y norteamericana. Así, capturan la vida del inmigrante mexicano. Un verdadero ejemplo de arte mex-americano.
Visualmente, las líneas repetitivas dan contexto a las figuras, las hacen resaltar y, al mismo tiempo, hacen que la composición total produzca un efecto óptico alucinante. El contraste entre las figuras representativas y las líneas abstractas formando arabescos, es extraordinario: un laberinto poético descendiendo al inconsciente. Un viaje onírico que a la vez tortura y complace.
¿Realismo mágico? Pues sí. Aunque desborda la etiqueta manida. |
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