Año 10 No. 130, Septiembre de 2010
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El Holocausto jamás debe olvidarse
 
Por: Bernardo González Solano
 
Así que, difícilmente se puede calificar de casual, que diez días después de que se celebrara la Conferencia de Wansee, y con ocasión de un discurso pronunciado ante el Reichstag (Parlamento Alemán), durante las celebraciones del aniversario de su llegada al poder, Adolfo Hitler señalara que: “la guerra sólo puede acabar con el exterminio de las naciones arias
o con la desaparición de los judíos en Europa” y que, en realidad tal y como él lo había profetizado, sería con la destrucción de los judíos.
 
Hace 65 años, el 27 de enero de 1945, se abrieron las puertas del campo de exterminio nazi de la ciudad polaca de Oswiecim, mejor conocida con el nombre alemán de Auschwitz, y fueron liberados los pocos supervivientes.

Aunque, para ese momento, muchos gobernantes y generales de los países aliados conocían los horrores cometidos en dichos campos, los sobrevivientes rindieron testimonio revelando al mundo los crímenes de inaudita crueldad cometidos por la Alemania nazi.

Este genocidio tenía que ser conocido por la humanidad, y para siempre, el ser humano debe repetir sin cansancio: “¡Nunca jamás! ¡Nunca jamás!”.

El 27 de enero ha sido escogido por la ONU como el Día del Holocausto (Shoah, en hebreo). No sólo Israel debe recordar esa fecha. Todos tenemos la obligación de hacerlo.

El Holocausto es la página más negra de la civilización. Aunque muchos presumen de revisionistas, por fortuna hay libros y otros documentos que ayudan a no olvidar.

Desde el famoso Diario de Ana Frank, del que hablaremos en fecha próxima, hasta la monumental obra historiográfica de Saúl Friedlander, El Tercer Reich y los judíos (en dos tomos), del que también hablaremos, las bibliotecas en el mundo cuentan con miles de volúmenes que estudian la aberración nazi. Pero también hay películas, documentales y centenares de cartas abiertas que dan cuenta de ello.

Con motivo de este aniversario, el periódico Le Monde publicó un manifiesto firmado por Simone Veil, superviviente de Auschwitz, presidenta de honor de la Fundación por la Memoria de la Shoah y Hubert Falco, secretario de Estado en defensa de los ex combatientes, en uno de cuyos párrafos se afirma: “Nosotros vamos a Auschwitz porque el mal no está muerto. El reciente robo de la inscripción en hierro “Arbeit macht frei” (“El trabajo los hará libres”, que “recibía” a los condenados a muerte en la puerta principal de Auschwitz, es un testimonio sintomático.

Que un nostálgico de los tiempos bárbaros haya podido robar tal inscripción hizo saltar en la comunidad de los supervivientes, la angustia del aniquilamiento. Los intentos permanentes y rampantes del revisionismo exigen de nosotros constancia y determinación.

Francia se ha comprometido, en una obra de hondo calado, “proteger la memoria de la deportación; tanto, este combate, está ligado a la perennidad de nuestra democracia, como exige una movilización colectiva contra el racismo, el antisemitismo y todas las formas de intolerancia.

“A través de aquellos que fueron asesinados por los nazis, por la única razón de haber nacido, o ser judíos en su gran mayoría, pero también esclavos o gitanos, o porque se habían alzado contra la tiranía nazi, por pertenecer a la resistencia o ser políticos o por todos los motivos, falaces, de la barbarie o de la intolerancia, como la homosexualidad, la humanidad estuvo a punto de desaparecer por siempre jamás”.

El manifiesto de Veil y Falco termina: “Juntos, no olvidaremos jamás”.

Con motivo del 65 aniversario de la liberación de Auschwitz, el presidente de Israel, Simon Peres, el tercer judío que hablara desde el Bundestag (la cámara de diputados de Alemania), trazó en Berlín una parábola entre el Holocausto y los planes de exterminio judío –“en la Conferencia de Wansee, la cúpula nazi condenó a muerte a once millones de judíos”, recordó. Y el peligro intrínseco, que supone que “regímenes fanáticos que ignoran la Carta de las Naciones Unidas lleguen a tener armas atómicas, como Irán.

A seis décadas y media de distancia, la memoria humana, de suyo, flaca, impide saber qué fue la Conferencia de Wansee, a la que se refirió Simon Peres. Sólo los historiadores y los expertos en el Holocausto lo saben. Por eso quiero recordar aquel episodio histórico, para que los lectores de Personae tengan presente cómo se gestó la horripilante solución final.

La solución global a la cuestión judía
El 31 de julio de 1941, el mariscal Hermann Goering, por orden expresa de Hitler, había encomendado a Reinhard Heydrich que llevara a cabo los preparativos para encontrar una solución global a la cuestión judía en Europa. La realización de la misma exigía, por sus propias características, contar con la participación de las distintas ramas de la administración del Estado.

En principio, la realización de la Conferencia fue convocada para el 9 de diciembre de 1941, pero el ataque japonés a la base naval de EU en Pearl Harbor, Hawai, el 7 de ese mes, la entrada en el conflicto del Tío Sam al día siguiente, y la declaración de guerra contra EU cursada por Alemania e Italia, el 11 de diciembre, retrasaron, por unas semanas, la Conferencia de Wansee.

Finalmente, el 20 de enero de 1942, en la residencia situada en Gross Wansee # 56/58, en Berlín, se celebraría la Conferencia, en la que se decidió la realización de un esfuerzo coordinado por parte de todos los componentes del edificio administrativo nazi, a fin de llevar a cabo lo que, eufemísticamente, se denominó Solución final. La administración en pleno estuvo representada. No podía faltar nadie.

Heydrich comenzó el encuentro con una clara afirmación de que disponía de todos los poderes para la preparación de la solución final de la cuestión judía y subrayó el hecho de que su departamento era responsable de la dirección de la misma, sin ningún género de limitaciones.

Heydrich y sus superiores contaban no sólo con una victoria que acabara con los judíos de los países ocupados, sino que ésta permitiera incluir en la solución final, incluso, a los judíos de naciones neutrales o amigas.

De momento, y a la espera de que llegara esa situación, los judíos deportados serían organizados en grandes equipos de trabajo. Lo que esto significaba, al fin y al cabo, fue claramente expresado por Heydrich: la mayoría moriría por causas naturales y los supervivientes serían tratados de manera consecuente… una expresión que, según se desprende de los informes de los Eisatz-gruppen –grupo especial. Unidades operativas encargadas de la eliminación de judíos, partisanos y elementos peligrosos en el Este de Europa-, equivalía, lisa y llanamente, a la matanza masiva.

La realización de la solución final, se produciría de oeste a este, aunque, por razones sociopolíticas, se daría prioridad a las zonas del Protectorado del Reich. Del contenido de las minutas de la Conferencia se desprende que los asistentes no pusieron ninguna objeción al programa de exterminio.

De esas minutas de la Conferencia, se distribuyeron treinta copias entre los ministerios y los diferentes departamentos de las SS (siglas de Schutze-Staffeln: escuadras o grupos de protección armados; milicia particular del Partido Nacional Socialista Alemán. Su nombre es hipócrita, ya que más que de protección, eran de choque y agresión).

De esta manera, lo que hasta entonces podía haberse intuido o sospechado –y que muchos habían contemplado ya-, fue conocido de manera directa por amplias capas de la administración germana.

Las fuentes, por supuesto, abundan en ejemplos que no dejan lugar a dudas de que en la cúspide de la pirámide nazi todos sabían lo que estaba sucediendo.

Así que, difícilmente se puede calificar de casual, que diez días después de que se celebrara la Conferencia de Wansee, y con ocasión de un discurso pronunciado ante el Reichstag (Parlamento Alemán), durante las celebraciones del aniversario de su llegada al poder, Adolfo Hitler señalara que: “la guerra sólo puede acabar con el exterminio de las naciones arias o con la desaparición de los judíos en Europa” y que, en realidad tal y como él lo había profetizado, sería con la destrucción de los judíos.

Como lo indicara Josef Goebbels en su Diario –acerca de la profecía del Fuhrer-, el 27 de marzo de 1942: se estaba haciendo realidad de la forma más terrible.

En ninguno de los dos casos se trataba de frases retóricas, sino de un claro reflejo de la realidad. Como Himmler refiriera en una carta a un subordinado: fue el propio Fuhrer el que cursó órdenes para acabar con los judíos de Europa.

En los momentos finales de la Conferencia de Wansee, cuando ya paladeaban el coñac del triunfo servido por los camareros en finas copas de cristal, los participantes comentaron: los diversos tipos de posibilidades de solución (die verschiedenen Arten der Losungsmoglichkeiten).

Tras, poco más de una hora de duración, la reunión se disolvió, y, ya más relajados, Adolf Eichmann y Heydrich siguieron consumiendo licor y comenzaron a entonar canciones populares al calor del fuego de la chimenea. Los resultados, vistos desde su perspectiva, difícilmente podían haber sido más satisfactorios.

La solución final era un hecho
La tarde del día 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas llegaron al campo de exterminio de Auschwitz. Los soldados rusos no imaginaban lo que ahí iban a encontrar pese a que los asustados SS, hasta la una de la madrugada de aquel día, se habían esforzado por borrar las huellas de que los nazis habían hecho en aquel diabólico lugar.

Por eso, siempre que pueda escribiré sobre el Holocausto: la representación del mal.

¡Nunca jamás!
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