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| Poco hacen los gobiernos por la cultura |
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Por: Felipe de la Lama-Noriega |
Por ejemplo, como no leyeron la Reseña Histórica del Teatro en México, no dejaron huella de los gloriosos edificios donde se escribió parte de esa historia.
Me alegré, pues desde hace años he solicitado a diferentes autoridades que se pongan placas en los lugares donde hubo teatros. Neciamente, pensando que el Teatro es parte importante de la Cultura y la Historia de un país (ambas con mayúscula). Lo propuse ante 19 instancias responsables de estos asuntos y nunca recibí ni siquiera respuesta. He seguido insistiendo, ahora con mejor suerte, y espero pronto una resolución positiva de parte del Jefe de Gobierno del Distrito Federal. |
En el número anterior, el 120, correspondiente a noviembre, me dediqué a la tendencia al ridículo de los amantes y promotores de la censura, y amenacé con dedicarme posteriormente a unos actos culturales que nos reconcilian, más bien me reconcilian, con la sociedad actual. Y cumplo.
Es caso raro, y poco usual y, por lo tanto, importante y digno de celebrarse, que se reconozca la labor cultural. Con el patrocinio del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, CONACULTA, y del Instituto Nacional de Bellas Artes, INBA, se llevaron a cabo estos dos actos que hoy nos ocupan. Ambos en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes.
El 7 de octubre, la Galería ARVIL fue homenajeada en la persona de sus fundadores Armando Colina y Víctor Acuña. Durante cuarenta años se han dedicado a promover la cultura, no sólo con sus exposiciones, sino también difundiendo el arte mexicano y apoyando a los artistas jóvenes que no tenían cabida en galerías comerciales.
Fue muy enriquecedor escuchar a los presentadores como fueron Gerardo Estrada, Jaime Humberto Hermosillo, Alberto Ruy Sánchez y, en ausencia a Carlos Monsiváis, que me hicieron recordar cuando conocí a los Arvil, .como los conocemos sus amigos.
En su Galería supe de Francisco Toledo. Al principio no me gustó y no me interesó comprar, pero cuando comprendí su arte, ya mi presupuesto no me permitía adquirirlo. Ahí conocí a Rufino Tamayo y a su esposa Olga, con quienes luego compartí cocteles en casa del representante de la UNESCO, el Dr. Juan Díaz Lewis, gran amigo, que sí entendió el arte de Toledo y compró cuando era accesible. También tuve el honor de saludar y conversar con el Maestro Carlos Mérida. Para mí la Galería Arvil y la amistad de sus dueños ha representado siempre un contacto con el arte y la cultura.
Otro aspecto que es justo de destacar, como lo fue por los comentaristas, es su generosidad. Hace 25 años unos amigos míos, Adolfo y Martha Rodríguez Cabello, fundaron una Galería de Arte en Torreón, Coahuila. Sin firmar un sólo recibo me enviaron lo mejor de su pinacoteca, pues así se puede calificar, tanto de gráfica como de obra original, con lo que la Galería AMART tuvo un despegue impresionante y sigue representando a ARVIL en la bella ciudad torreonense y cosechando éxitos. Y así se podrían mencionar muchas otras actitudes generosas y pruebas de amistad de Armando y Víctor.
Pero también hay que recordar su librería en la que muchos descubrimos libros desconocidos y en ocasiones fuera de nuestros presupuestos. Como por ejemplo las Ediciones Pinguin (mencionadas también por los presentadores), que años más tarde redescubrí en Nueva York. Esta labor de apoyo a la lectura también es digna de homenaje, pues éste es un vicio digno de promoverse como fuente de cultura, aunque mucha gente no lo asimile aún, y la consideren una actividad en extinción.
El otro acto importante, para mí, y espero que también para las personas inteligentes, fue la edición y presentación, el pasado 20 de octubre, de dos joyas bibliográficas: Historia del Teatro Principal de México e Historia del viejo Teatro Nacional de México, ambas de Don Manuel Mañón. La edición estuvo patrocinada por CONACULTA y el INBA.
Presentaron Consuelo Sáizar Guerrero, Presidenta del CONACULTA; Teresa Vicencio Álvarez, Directora del INBA; Silvia Molina, Coordinadora editorial del INBA, y Rodolfo Obregón, Director del CITRU.
La primera es una edición fascímil de la impresa en 1932, que abarca el devenir del teatro mexicano desde mediados el siglo XVIII hasta 1931, fecha en la que un incendio destruyó el edificio teatral más antiguo del país. No es sólo una historia de lo sucedido en su escenario. En su lectura podemos visualizar le vida cultural y social del México de entonces. Ilustrado profusamente nos ofrece un recorrido por el cambio en las modas y en la imagen que los artistas proyectaban.
17531931, una larga vida para un teatro, por el que no sólo desfilaron los mayores representantes del género frívolo, sino también figuras valiosas del más alto nivel.
Yo estuve tentado de preguntar a los presentadores qué se piensa hacer en relación a la placa que el 11 de enero de 1976 develó María Conesa: 1892-1978, la máxima artista que triunfó en ese foro, y que decía así:

Cuando un banco compró el terreno en el que se alzaban las ruinas del Teatro Principal para dedicarlo a estacionamiento, la placa desapareció. Gracias a las protestas de un grupo de amantes de conservar las huellas de la historia y la cultura, integrantes del programa de radio Ritos y Retos del Centro Histórico, la placa reapareció. La original era de bronce y la sustituta era de lámina... pero algo es algo. Posteriormente, el predio se convirtió en edificio de la Suprema Corte de Justicia... y la placa sufrió otro acto de prestidigitación, ahora definitivo. Si a la justicia la pintan ciega, en este caso resultó sorda a las protestas. Y no hay placa.
Pasemos al otro libro. El Teatro Nacional, construido en 1831, fue demolido para abrir la rumbosa calle de 5 de Mayo. Lo inauguró el Presidente Antonio López de Santa Anna, por supuesto, con su nombre y que cambiaba e iba y venía de acuerdo con las idas y venidas de Don Antonio al poder. Después fue Imperial, bajo el Imperio de Maximiliano hasta quedar patrióticamente en Nacional.
Me dio una gran alegría descubrir en la esquina de 5 de Mayo y Bolívar una placa que recuerda que:

Me alegré, pues desde hace años he solicitado a diferentes autoridades que se pongan placas en los lugares donde hubo teatros. Neciamente pensando que el Teatro es parte importante de la Cultura y la Historia de un país (ambas con mayúscula). Lo propuse ante 19 instancias responsables de estos asuntos y nunca recibí ni siquiera respuesta.
He seguido insistiendo, ahora con mejor suerte, y espero pronto una resolución positiva de parte del Jefe de Gobierno del D.F.
Pero mi alegría se volvió sorpresa: ¿18451892?... Esto es: el teatro dejó de serlo en 1892. Pero en 1900 se presentaron en su foro espectáculos tan importantes como la temporada de Doña María Guerrero y Don Fernando Díaz de Mendoza, muy Dones los dos, pues eran las máximas figuras del teatro hispano.
Jan Paderewsky, un señor que tocaba el piano para quienes no hayan oído hablar de él, dio varios recitales en ese año de 1900- ...para no alargarnos enumerando otros varios espectáculos presentados entre el 92 y el 00, lapso olvidado por la Dirección de Monumentos Coloniales y de la República.
El miércoles 3 de octubre de 1900, se montó una función de la Ópera Aída de Verdi, y ese fue el último acto que se celebró en el suntuoso foro del Nacional. El mes de diciembre empezó su derrumbe.
Si los señores que colocaron la placa, acto que se les agradece inmensamente, hubieran consultado (otra vez las ventajas de la lectura) Reseña Histórica del Teatro en México, de Don Enrique Olavarría y Ferrari, o hubieran investigado en alguna hemeroteca las crónicas de Don Manuel Mañón, con las que se integró el libro presentado, no hubieran cometido ese errorcillo, perdonable por la buena intención que tuvieron al diseñar la placa. Pero error al fin y al cabo.
También tuve impulsos de intervenir en esta ocasión, pero el Sr. Obregón me tenía pendiente de sus palabras y preferí no interrumpir.
Pero ahora sí pregunto a estas autoridades de CONACULTA, INBA y CITRU: ¿se piensa hacer algo con relación a las placas?
En espera de una resolución, gracias por sus aportaciones a la Cultura. |
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