Año 10 No. 130, Septiembre de 2010
www.revistapersonae.com
Mensaje
 
Los motivos de don Miguel

Hace 200 años era imperativo independizar a las naciones sometidas por la corona española. No, desafortunadamente, nunca fue una acción concertada entre sus líderes para formar la verdadera Unión Americana, que dicho sea de paso, no equivale a esa concepción el nombre que los vecinos del norte le dieron a las trece colonias norteñas más la gran porción... [ ver más ]
 
Esfera humana
 
Lo mejor en lujo y funcionalidad

Hace 57 años abrió sus puertas esta majestuosa edificación bajo el nombre de Hotel de la Nobleza. A la... [ ver más ]
 
Mundo publicitario
 
Skandia México lanza promoción

Skandia México, empresa líder en soluciones de inversión a largo plazo, sabe lo importante que es ahorrar... [ ver más ]
 
Escenarios
 
Bicentenario

Escuché muchas veces a mis padres y tíos hablar de las fiestas del Centenario en la Ciudad de México.... [ ver más ]
 
Cine novedades
 
Hidalgo

La película Hidalgo presenta a un héroe divertido, dicharachero, amante del baile, del juego, de la... [ ver más ]
 
Música
 
Adiós a México y al Mundo

Con más de 40 años de carrera, la banda alemana Scorpions decide que ha llegado el final de su carrera... [ ver más ]
 
Ex libris
 
Una radiografía y sus "Fragmentos"

¿Cuánto cree usted que valen las últimas radiografías que le tomaron hace pocos días antes de que le... [ ver más ]
 
Desde la gran urbe
 
El indio mixteco florece en Nueva York pero no lo logra en México

Sebastián Vega viste jeans gastados y saco blanco de algodón con diseños de lentejuelas plateadas:... [ ver más ]
 
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Los hijos de la guerra
 
Por: Gerhard Hoffmann
 
Erich S., salió sano e ileso de la guerra. Su padre fue deportado, y su rastro se pierde en un transporte en dirección al Este.
 
Con la entrada del ejército alemán en Austria “el Anschluss, la anexión”, el 13 de marzo de 1938, la apariencia del país cambió bruscamente: la policía empezó a vestir los uniformes alemanes, los diarios aparecieron con nuevos encabezados, las calles y los edificios recibieron nuevos nombres, el chelín austriaco se sustituyó por el marco alemán y fue cambiada a equivalencia de 1 por 1,50; incluso cambiaron la moda, el acento en el hablar y el estilo del arte. El país permutó su cara.

Sobra mencionar que, de un golpe, desaparecieron los médicos, los abogados, los profesores, los orfebres, los tenderos y los demás prominentes judíos, cuyas familias vivían en Viena desde hacía siglos y habían sido parte integrante de la población.

Durante los primeros días de la ocupación, las nuevas autoridades impuestas por Berlín mandaron a detener a unos quinientos funcionarios del derrumbado régimen anterior y, por supuesto, a los demás enemigos conocidos de los nuevos amos del país.

Éstos fueron deportados al campo de concentración de Dachau, de donde la mayoría no saldría libre hasta el final de la guerra, siete años más tarde. Entre los encarcelados se encontraba el señor Kurt von Schuschnigg, el último canciller de Austria, quien se había opuesto, vigorosamente, a la dictadura de Hitler.

Tras pasar meses en diversas cárceles, Kurt von Schuschnigg consiguió ser liberado y emigrar a Estados Unidos.

En aquella última noche de la Austria independiente, un grupito de jóvenes comunistas fuimos de uno a otro de los mítines del llamado Frente Patriótico, una especie de Falange española, implorando a los allí reunidos, seguidores del régimen autoritario, impuesto a la fuerza en 1934 por el canciller Dollfuss, implorándoles, vanamente, que organizaran la resistencia contra el ejército invasor.

Ya eran pocos los que estaban todavía esperando unas órdenes que nunca llegaron, y se resignaron. Cuando yo regresé a casa, tomando el último tren nocturno para dormir la última noche en casa paterna, había grupos de nazis patrullando las calles en busca de enemigos políticos, mientras que otros se dedicaron a saquear negocios judíos.

El país había pasado de ser un pequeño estado independiente y soberano, a ser la provincia de uno grande, con pretensiones de potencia mundial. El orgullo de pertenecer a la Gran Alemania tenía unas consecuencias mucho menos provechosas: el servicio militar obligatorio.

A los de mi generación, los nacidos entre 1915 y 1920, les tocó, a todos, la leva, tanto más que en aquel momento ya se olía la guerra, y eso, a solo veinte años de la Primera Guerra Mundial, en la que habían participado nuestros padres y que dejó profundas huellas en el país.

Todos mis condiscípulos se vieron afectados. Quedaban apenas dieciocho meses para el comienzo de la guerra contra Polonia y la consecuente declaración de guerra de las potencias occidentales.

Como soldados de la Wehrmacht, les tocó participar en las campañas de 1939 que iban a culminar, al cabo de casi cinco años de desastrosa guerra, en el infierno de Berlín y en medio continente en ruinas. Sigamos la suerte de uno de esos jóvenes de entonces:

La suerte de un "impuro"
Mi amigo de infancia, Erich S, con quien padecí durante varios años escolares las perfidias del profesor “Z.”, tuvo que cumplir su servicio militar poco después del bachillerato. Vistió el uniforme de la Wehrmacht como todos los demás, sin sentir remordimiento alguno por servir, lo qué, en realidad, era el ejército ocupante.

Cuando en septiembre de 1939 la Wehrmacht invadió Polonia, Erich fue con su unidad, detrás de un enemigo en fuga por el país derrotado, hasta que tropezaron con el ejército soviético que, en aquel momento, tenía ocupada la parte oriental de Polonia como consecuencia del pacto Molotov-Ribbentrop de no-agresión.

Allá se detuvo el avance, hasta que, en junio de 1941, Hitler ordenó la invasión de la Unión Soviética y su unidad cumplió la orden sin encontrar, al principio, mucha resistencia. De esta manera, invadieron un vasto territorio durante los primeros meses; en un verdadero “blitz”, hicieron centenares de millares de prisioneros del ejército soviético, y controlaron a un pueblo conquistado y sin defensa.

Poco a poco, sin embargo, se iba formando un frente, y los soviéticos empezaban a ofrecer una tenaz resistencia, causando fuertes pérdidas a sus enemigos.

Empezó el invierno de 1941 con sus fríos. La vida de los soldados se volvió más ardua y fatigosa. Cada pueblo, cada casa, tenían que ser tomados al asalto. Día a día, Erich vio morir a su lado a sus compañeros. Los uniformes no eran adecuados para el invierno ruso. Muchos soldados sufrieron congelaciones; la fase de las fáciles victorias había terminado. Pero todavía se avanzaba. Pero cada avance había que pagarlo caro.

En una ocasión cayó en manos del joven soldado una orden del día donde se detallaban las Leyes de Nuremberg de “Pureza de Raza”, y sus consecuencias para la Wehrmacht. Allí se explicaba claramente que: los judíos no son dignos de servir en la Wehrmacht (wehrunwürdig).

En un apéndice se añadía que esta regla había que aplicarla igualmente a personas de madre o padre judío los llamados Mischlinge, los mestizos.

Con ese papel en la mano, Erich se presentó a su teniente, le hizo el saludo conforme el reglamento, y le informó que siendo judío su padre, se le debía de expulsar de la Wehrmacht.

Erich me contó este incidente varias veces. Y solía agregar que el oficial, sorprendido, dubitativo, de momento no se lo creyó, ya que le consideraba un buen soldado, pero -una orden es una orden- no había más remedio. Tuvo que transmitir el mensaje a sus superiores.

Quien halle en este relato un toque de humor, olvida que en aquellos tiempos, el ser medio judío, no era cosa de broma. Significaba, si no peor, ser ciudadano de segunda categoría, recibir raciones menores, con los estudios y las carreras estatales bloqueadas, matrimonios interraciales intervenidos.

La orden era clara y rigurosa: al ser “de sangre impura”, se le tuvo que separar de la Wehrmacht. Erich recibió la orden de presentarse al mando correspondiente y allí recibir los documentos de su baja en el servicio militar.

Mientras que Erich estaba por volver a su vida civil, los que tenían “sangre pura” permanecieron en el ejército por ser “dignos de morir por el Führer”. Para ellos, la guerra continuó sin piedad.

No recuerdo qué enchufe consiguió Erich en la retaguardia durante el restante tiempo de guerra, pero si recuerdo bien que fueron, al menos dos, los años que pasó tranquilo.

Las autoridades nazis no sabían cómo manejar este delicado asunto, pues para hijos de madre aria no estaba prevista la deportación a uno de los campos de concentración en el este, en dónde tarde o temprano terminaron todos los judíos. La inmediata medida, contemplada para esa categoría de ciudadanos de segunda categoría, era la disminución del rancho, medida molesta, pero en el frente ruso lo hubiera pasado mucho peor.

En los últimos días de la guerra, unos fanáticos nazis escogieron a unos viejos y a otra gente, que hasta este momento se habían escapado de las levas, para levantar parapetos en el camino de los tanques soviéticos. Erich se encontraba entre ellos. Los tanques rusos, sin embargo, siguieron adelante y aparecieron en las calles de Viena antes de que los héroes de última hora hubiesen salido para tal inútil empresa.

Erich S., salió sano e ileso de la guerra. Su padre fue deportado, y su rastro se pierde en un transporte en dirección al Este.
Enviar comentarios
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Visitas a este sitio
564,943
Un desarrollo más de Webarroba.com